Pastoral

Testimonio de Pablo

(El Chimpa)

La verdad es que cada segundo vivido en esa semana fue imperdible…, desde que llegamos la gente nos recibió con los brazos abiertos. No importaba mucho si nos conocían desde hace años o era la primera vez que nos veían…, el abrazo fue fuerte y cálido para todos por igual.

Contado por alguien parecería que la semana fue muy rutinaria. A las 7 de la mañana despertarse, desayunar, rezar y salir a caminar hacia las casas..., al mediodía regresar, almorzar algo y tratar de descansar un rato hasta las 3 de la tarde que ya se empezaba a llenar la escuela con la gente que venía a visitarnos; luego los juegos, las charlas y por último la Misa. Llegada la noche nos despedíamos de todos y nos juntábamos para comer, analizar el día y dar gracias a través de la oración, preparándonos para el día siguiente…

Pero vivirlo fue algo muy diferente…, cada desayuno estaba completo de alegría y entusiasmo por el día que íbamos a afrontar, la oración matutina nos daba esas fuerzas necesarias para enfrentarnos con la realidad del lugar y salir dispuestos a anunciar a Cristo. Las caminatas eran imperdibles, el mejor momento para compartir con el otro, con tu par, vivencias que nos unían desde un punto de vista muy diferente. Para mí, mientras mas lejos me tocara, mejor era…, el sacrificio quizás era mayor, pero la satisfacción de llegar a una casa y ver como nos recibían, con cuantas ganas nos esperaban, como nos daban todo lo que tenían (tan poco a nivel material pero tanto a nivel afectivo); hacían que todo el cansancio se vaya en un instante, y recuperábamos las fuerzas para poder seguir hasta la próxima casita.

La vuelta a la escuela era muy diferente, todos apurados por llegar y contarle al otro todo lo vivido, si los desayunos eran alegres, el almuerzo era increíble…

A la tarde (en teoría a las 3, pero siempre era antes) la gente empezaba a llegar…, dejaban todo lo que estaban haciendo y caminaban varios kilómetros solo por compartir con nosotros unas horas. Algunos eran mas conversadores que otros, pero lo que a ninguno le faltaba eran las ganas de escuchar, aprender y sentirlo a Jesús un poco más cerca…; lo que ellos no sabían es que en realidad nosotros veíamos a Jesús en sus vidas, en sus caras, en sus dolores y alegrías…

Que Robertito, con 10 años recién cumplidos, venga a decirme que no podíamos tomar la merienda porque teníamos que rezar antes, es una de las tantas evidencias que nos llevamos de que nosotros aprendimos tanto o mas de lo que les enseñamos.

A mi me tocó estar en el grupo de niños, y creo que fue lo mejor que me pudo pasar…, confieso que al principio tenía miedo de cansarme y querer encerrarme en un cuarto para no escuchar mas gritos…, pero desde el primer “fulbo” compartido me di cuenta de que iba a hacer grandes amigos, pero amigos de los buenos…, de los que uno extraña cada día que no los ve y se pregunta a cada rato que estarán haciendo. Luego todos a tomar mate cocido con galletas y a prepararnos para la Misa; nunca vi chicos con tantas ganas de ir a Misa, con tantas ganas de rezar y sobre todo de cantarles a Dios y a la Virgen!!! Los mas grandes cantaban a gritos y los mas chiquitos acompañaban con aplausos mientras trataban de inventar la letra y no quedarse fuera de tan lindo momento. En los sermones de Guille no se escuchaba volar ni una mosca, todos atentos recibiendo la palabra de Dios, con una verdadera solemnidad y mucho respeto a los concejos del “Padrecito”.

Cuando llegaba la noche costaba un montón despedirnos, pero siempre quedaba la esperanza de volvernos a ver el día siguiente. El abrazo de despedida, cubierto de agradecimiento y emociones nos llenaba de la suficiente alegría como para esperar ansiosos que llegue mañana.

Si el almuerzo y el desayuno eran buenos…, la comida de la noche, acompañada de una buena oración y meditación, era la mejor herramienta que nos ayudaba a hacer cable a tierra, asumir nuestros compromisos y a plantear nuestros objetivos para otro día. Y en la cama, o mejor dicho bolsa de dormir, antes de cerrar los ojos, no tengo dudas que ninguno dejaba de agradecer por el día vivido.

Y así pasaron cada uno de los días, todos con vivencias diferentes, pero con la misma alegría compartida.

Ahora de vuelta en Buenos Aires, parece ser todo tan superficial…, uno se queja de cualquier cosa y hasta llega a creer que no tener crédito en el celular o no poder dormir la siesta son problemas existenciales, que ingenuos somos…, que ciegos podemos llegar a ser. Es por esto que, cada noche, cuando me acuesto en mi cama tapado con 2 frazadas pido a Dios no olvidarme nunca de La Matanza…, de Gabi y sus hermanitos, de Lorenzo y Ramona, no solo para cambiar la perspectiva con la que veo las cosas…, sino para no perder esas ganas inmensas de ir de nuevo el año que viene a visitar a mis amigos y a seguir aprendiendo de ellos…