Pastoral

La mayoría de las críticas a la exigencia celibataria proviene de quiénes no hicieron esa opción o la incumplen. Asumida como donación a Dios y a los demás, no es una carga, ni lleva a perversiones, sino fuente de felicidad.


Quisiera expresar algunas consideraciones sobre las opiniones que se escuchan y leen  cotidianamente acerca del celibato sacerdotal. Hace apenas unos días un grupo de  mujeres en Italia le envió una carta al Papa en la que le piden que lo suprima porque lo consideran una norma obsoleta. Con ello, decían ellas, creen haber hecho un aporte en  favor de que "se acabe esta hipocresía". Para "respaldar" sus argumentos, cuentan sus desventuras sexuales con algunos sacerdotes y se refieren a los casos de pedofilia  cometidos por miembros del clero.


Me parece importante hacer notar, ante todo, que la mayoría de las personas que  cuestiona el celibato no lo vive, ya sea porque está en pareja, o porque está casada, o porque es un sacerdote que abandonó el ministerio para casarse, o porque fue infiel a su  compromiso. Con todo respeto, permítaseme disentir -desde mi vivencia- con estas  apreciaciones.


En primer lugar, quiero decir que me hice sacerdote aceptando el celibato como una  forma de vida que me permite consagrarme enteramente a Dios. De haber sentido interiormente el llamado a vivir la consagración en la vocación al matrimonio, habría  sido laico y me hubiese casado. La vocación la medité durante ocho años en el seminario, sabiendo que elegía también esta invitación a ser "todo para Dios en mi donación a los demás". Eso es para mí el celibato: "una donación de amor". Ni una carga, ni una ley fría que vivo con frustración anhelando que un día alguien me libere de  este "yugo represor". Yo lo elegí y no deseo que cambie. Obsérvese que hablo en  singular. No organice un "focus group", ni hice una encuesta entre mis pares.


Plantear la discusión alegando la dificultad de vivir el celibato es un argumento un tanto  banal. El matrimonio, al que se nos invitaría, es también difícil. Les cuesta a los casados  mantener la fidelidad. En cuanto a los argumentos sobre el abuso de menores, conviene decirlo sin vueltas: se trata de  una desviación enferma que, además, es un delito. Si los  sacerdotes que cometieron abusos hubiesen estado casados, posiblemente los habrían  hecho igual porque las denuncias de abusos de menores (según las estadísticas) se dan  mayoritariamente en las familias. No son pedófilos por ser célibes, sino por ser pervertidos.


Por otra parte, no estoy sólo en este camino. Conozco muchos hermanos en el  sacerdocio que con fidelidad cotidiana, en silenciosa ofrenda a Dios, llevan el celibato por elección y vocación y lo hacen con alegría como también lo vivo yo. Y esto, a pesar  de que muchos desconfíen de la veracidad de lo que vivimos.


En el cierre del año sacerdotal reivindico este modo de vida que me ha hecho muy feliz  porque mis horas fueron dedicadas al prójimo y mis momentos de soledad estuvieron llenos de Dios.


El mundo de hoy es ampliamente tolerante. Sería bueno que nos incluyera y no nos  obligue a los que hemos elegido este modo de vida a vivir diferente. Aunque no  hay que cerrarse a que en un futuro el Papa decida que se ordenen hombres casados,  como ocurre en las Iglesias Orientales.


Quisiera también agradecer el testimonio de tantos buenos sacerdotes, empezando por el  que me bautizó y el que me dio la primera comunión. A los que acompañaron a mis  seres queridos en momentos difíciles y presidieron sus exequias, dándonos la esperanza en la Vida Eterna. A los que me ayudaron con su ejemplo dándome un testimonio claro  y fuerte de entrega a Dios con su generosidad y su vida de oración.


Autor: P. Guillermo Marcó