Pastoral

El Santo Padre durante el ángelus dominicalCiudad del Vaticano, 31 Ene. 11 (AICA)

Al igual que lo hace cada domingo, el papa Benedicto XVI dirigió la oración mariana del Ángelus desde la ventana del palacio apostólico para los miles de fieles romanos y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro. En su alocución previa a la plegaria mariana el Santo Padre reflexionó sobre los textos que la liturgia propone en este IV Domingo del Tiempo Ordinario:

 

El Evangelio, dijo el Papa, presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, sobre las dulces colinas junto al Lago de Galilea. “Al ver al gentío –dice san Mateo-, Jesús subió a la montaña: se sentó y se acercaron sus discípulos. Se puso a hablar enseñándoles”. Jesús, nuevo Moisés, “toma sitio sobre la ‘cátedra’ de la montaña” y proclama “bienaventurados” a los pobres de espíritu, a los sufridos, a los misericordiosos, a cuantos tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos.

Tras este relato, Benedicto XVI manifestó que no se trata de una ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y que toca la condición humana, precisamente aquella que el Señor, encarnándose, ha querido asumir, para salvarla. Por ello, “el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro, y puede ser comprendido y vivido solamente siguiendo a Jesús, caminando con Él”.

Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarnos de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. Cuando, en efecto, Dios consuela, sacia el hambre de justicia, seca las lágrimas de los afligidos, significa que, además de recompensar a cada uno de manera sensible, abre el Reino de los Cielos. “Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y de la resurrección en la existencia de los discípulos”. Reflejan la vida del Hijo que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, para que a los hombres les sea dada la salvación.

Benedicto XVI, tras aludir a las palabras pronunciadas por el eremita Pedro de Damasco respecto a las Bienaventuranzas, subrayó que el Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia de la misma Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque –como escribe san Pablo- “lo necio para el mundo lo eligió Dios para humillar a los sabios; aquello que es bajo y despreciable para el mundo, aquello que no cuenta, Dios lo eligió para anular a lo que cuenta”. Por esto la Iglesia no teme a la pobreza, al desprecio, a la persecución en una sociedad muchas veces atraída por el bienestar material y por el poder del mundo.

Y tras citar a San Agustín que nos recuerda que “no agrada sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no solamente con ánimo sereno, sino también con alegría”, Benedicto XVI pidió a los fieles presentes en la Plaza de san Pedro a invocar a la Virgen María, la Bienaventurada por excelencia, pidiendo la fuerza de buscar al Señor y de seguirle siempre con alegría, sobre el camino de las Bienaventuranzas.


 

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