Pastoral

para el 2º domingo de Cuaresma - (20 de marzo de 2011)

Hacia el fin

Cuando Jesús llevó a los tres apóstoles preferidos a la montaña y les hizo ver su transfiguración junto a Moisés y Elías, les quiso dar ánimo para seguir con él hasta Jerusalén.

Ahí, el camino emprendido por el patriarca Abraham, finalmente iba a llegar a su meta. “Por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra”, le había prometido Dios a nuestro padre en la fe. Y Jesús estaba conciente que él tenía que dar cumplimiento a esta promesa. En Jerusalén tenía que ser, porque el pueblo judío era el primer destinatario de esta bendición para que entonces llegue, a  través de ellos, a todas las demás naciones. Con esta intención, Jesús había elegido a los apóstoles para que fueran representantes de las doce tribus de Israel, en lugar de las autoridades judías que lo iban a juzgar y crucificar, y para que por los Doce el mensaje del Reino de Dios llegue hasta los confines de la tierra. Esta dimensión, los apóstoles todavía no la tenían clara, cuando Jesús los llevó a la montaña. Por eso, Pedro, en un arrebato de sus sentimientos, quería instalarse en el gozo de la visión. Pero, Jesús les hace entender que no les había concedido esta experiencia para satisfacer sus deseos de intimidad personal, sino para que tuvieran la fortaleza de acompañarlo en su testimonio público y su muerte. Hasta les ordenó expresamente que no hablaran a nadie de lo que habían visto y oído. De hecho, recién con la resurrección de Jesús, los apóstoles comprendieron plenamente lo que les había sucedido.

La tentación de los apóstoles se repite también en nosotros. Fuimos llamados por Jesús, somos cristianos. Nos gusta estar cerca de él. Gozamos con la intimidad espiritual. Estamos contentos cuando podemos estar juntos y compartir nuestra adhesión al Señor. Pero, debemos tomar conciencia de que la autenticidad del discípulo se manifiesta en la participación de la misión de Cristo. Y esto significa ofrecer nuestros talentos y nuestro tiempo a la evangelización. Recordemos lo que decían los Padres en Aparecida: “Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo” (DA 362).

Lo que sucede cuando el mensaje de la fe se calla, podemos observar con el avance de la procacidad y la corrupción. Ser cristiano muchas veces significa exponerse a la ridiculización; pero da también la oportunidad de  despertar la conciencia de aquellos que por miedo no se animan a manifestar su disconformidad con su entorno. ¡No tengan  miedo!, dijo Jesús. ¿Cuántas veces lo repitió Juan Pablo II y ahora  Benedicto XVI? No hay que dejarse impresionar con la insolencia de los que han perdido los estribos de la razón sana. Y si tenemos que sufrir por el evangelio, pongámonos contentos, porque Cristo mismo nos considera entonces como bienaventurados.

Cada misa es un Tabor, pero cada vez también es un envío.

 

Mons. Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes.

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