Pastoral

  Todas las culturas han tenido sus consideraciones sobre la muerte y han intentado responderse a su modo por el destino de ultratumba. Por citar una bien conocida, la civilización egipcia, construía enormes pirámides de piedra, con el solo fin de preservar el cuerpo del Faraón para la eternidad. Esto incluía complicados rituales de entierro del cuerpo, que se momificaba con el solo fin de preservarlo del paso del tiempo y asegurarle así la vida del más allá. El sueño de los Faraones y las inmensas riquezas con las que eran sepultados fue violado, al principio por los saqueadores de tumbas y después por los arqueólogos y museólogos, que los exhiben hoy -a nuestra morbosa curiosidad- en las vitrinas de los museos.

 

 

  ¿Cuál era la concepción de la vida y de la muerte que tenía el pueblo judío?
  Para ellos, la amistad con Dios se desarrollaba en esta vida, el castigo o la recompensa por una conducta honrada tenía que verse aquí, es por eso que muchas veces no se comprende porque el justo sufre. A estas inquietudes intenta responder el libro de Job, él sufre porque ha sido puesto a prueba, pero al final de la historia -según la teología clásica judía-se le devuelve con creces lo que perdió. Llegar a la vejez contemplado a los hijos de sus hijos y con una existencia serena, parece ser la aspiración de todo judío piadoso.

  Con el paso del tiempo empieza a concebirse la idea del “Sheol”, el lugar a donde van a parar los muertos. No es precisamente un lugar de alegría, más bien todo lo contrario, es como una existencia en sombras, sin valor, sin alegría, casi como vivir en un  medio sueño, el sueño de la muerte.
  Es el lugar a donde se desciende y no se vuelve a subir jamás. Como se ve, la concepción de Israel es diferente de la de otros pueblos.

  Tardíamente, en S II a.c. cuando se extiende el dominio de los persas, Antíoco IV decide imponer el helenismo en Jerusalén y se proclama un decreto de prohibición sobre las prácticas judías, y la imposición del culto a Zeus. Los que renuncian a sus tradiciones son a los favorecidos. Comienza a gestarse una resistencia interna en torno a la figura de Judas Macabeo, ellos combaten el mal presente en esta nueva forma de totalitarismo religioso y comienzan a profesar firmemente que, si tienen que morir por la fe, Dios los resucitará, en cambio los injustos correrán la suerte del castigo, es decir la pena del infierno. Este corriente de pensamiento se plasmó en los Fariseos. Los Saduceos en cambio niegan la resurrección.

  Jesús, en cuanto a las creencias sobre la muerte y la resurrección adhiere a la tradición de los fariseos, es el justo que entregará su vida por la salvación de todos, también advierte sobre el peligro que acecha después de la muerte para quién haya despreciado la justicia. En el texto de San Mateo, 25, en donde Jesús se refiere al juicio final, dice que serán convocados todos los pueblos de la tierra y serán separados los justos y los pecadores, el juicio versa sobre las obras de amor y misericordia: “Tuve hambre y me dieron de comer”, “tuve sed y me dieron de beber”, “era forastero y me recibieron”, “estaba desnudo y me vistieron”, “en la cárcel y vinieron a verme” Jesús se identifica con aquellos a quienes les hicimos o les negamos estas cosas, es como habérselo hecho o negado a él. Los justos irán a la vida eterna, los réprobos al castigo eterno.

Jesús muere en la cruz, de un modo penoso y cruel, acompañado por unos pocos, como suele pasar en la hora del fracaso, aferrado a la cruz e inmóvil, está haciendo algo más valioso que todos los milagros individuales, que hizo a lo largo de su vida, está batallando con la muerte. Quiere morir para ser engullido por las garras del abismo y allí en su seno, en esa tierra de sombras hacer brillar la luz de la vida para siempre. Se deja llevar al sheol, pero es el primero que desciende para volver.

  En una antigua homilía del Siglo II, nos dice su autor, refiriéndose al descenso de Cristo a los infiernos:

  ¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está sobrecogida, porque Dios se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios hecho hombre ha muerto y ha conmovido la región de los muertos. «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).Y refiriéndose a Adán le dice: Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho hijo tuyo. Y ahora te digo que tengo poder de anunciar a todos los que están encadenados: «Salid», y a los que están en tinieblas: «Sed iluminados», y a los que duermen: «Levantaos».
  Es decir que este descenso a las entrañas de la muerte tiene la función de llegarse al lugar de donde nadie había vuelto para rescatar de él a todos los justos nacidos antes de Cristo, no resucitará solo en la noche misteriosa de la Pascua. Jesús ha liberado a los vivos y a los muertos de las cadenas de la muerte.

  Hace dos años tuve la gracia de concelebrar la Vigilia Pascual en el Santo Sepulcro de Jerusalén, en un profundo recogimiento, en el momento en que se conmemora la resurrección del Señor, un sacerdote emerge desde la oscuridad de la tumba con una vela encendida, esa pequeña luz titilante anuncia el final de la mayor de todas las batallas, el triunfo de Jesús sobre las sombras del Sheol y de la muerte. Es el que volvió para contarlo y para no morir jamás.


Presbítero Guillermo Marcó
Director de la Pastoral Universitaria
Arzobispado de Buenos Aires

 

 

 
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