Pastoral

 

 Voy a comenzar hablando de mi experiencia como penitente. Cuando era chico, en el colegio religioso al que asistí, no nos perseguían para confesarnos, pero era una buena excusa  –cuando nos ofrecían la oportunidad-  para salir de clase. Eran confesiones rutinarias donde uno repetía una lista de faltas que cometía siempre, las recitaba con escasa convicción de arrepentirse y la respuesta del cura era acorde a las cosas que podría contarle a esa edad. Llegada la adolescencia llegó también la rebeldía: “más vale confesarse con Dios, que hacerlo ante un hombre”, y así se fueron escurriendo de mi vida la confesión, la misa, la oración y la práctica religiosa… y como el Hijo pródigo pedí la parte de la herencia que me correspondía y me fui lejos del Padre Dios, que se quedó esperándome pacientemente mientras andaba distraído por la vida.

  Cuando llegaron mis 21 años, durante la carrera de Arquitectura de la UBA, me llegó el tiempo de volver  a confesarme. Pero no fue forzado ni obligado, tampoco por temor, fue en un retiro, allí en el silencio se cayeron las caretas que me había puesto, se acabaron los argumentos racionales y la presencia de Dios me llegó al corazón a través de la absolución de un sacerdote. No me llegó como una amonestación, un reto o un reproche, me llegó como una oleada de amor que me superó totalmente, me llenó de una felicidad que yo no conocía: la vida de la gracia, la de la amistad con Dios. Fue un nuevo descubrimiento.

 

    A partir de allí, llegó el compromiso con Jesús, que crecía cada día, hasta sentir vivamente su 

invitación a dejarlo todo y seguirlo. Entendí aquel modo en que Jesús había querido quedarse era a través de los sacramentos, sobre todo en la “eucaristía” y la “reconciliación”,  y que, a lo que más tiempo había dedicado en su vida, era a formar esos doce apóstoles –los primeros sacerdotes- y que a ellos les había regalado esos dones: “Tomen esto es mi cuerpo” “Esta es mi sangre”, “Hagan esto en memoria mía”. Y también el poder de perdonar: “los pecados les serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,23.)

  Ya van 25 años desde que entré al seminario y 17 que soy sacerdote, atesoro muchas confesiones en el corazón, la confesión es el lugar misterioso en donde se abre el interior y se cuenta, se cuenta todo, lo que quizás,  nadie más que Dios y uno sabían, pero es propio del hombre el deseo de sacar afuera lo que nos duele (es por lo que otros buscan hacer terapia) y a partir de ahí el deseo de curarse, de ser más sano y más libre. El solo hecho de poder acudir a otro sacerdote  y que tenga el poder de perdonarme, y de poder Yo reconciliar a un hombre con Dios me parece la manera más cercana, fácil y accesible que Dios ha querido dejar para algo tan grande: La experiencia de un Padre que abraza, perdona, cura y eleva la dignidad del hombre.

 

 

  Pbro. Guillermo Marcó
  Director de la Pastoral Universitaria
  del Arzobispado de Buenos Aires