Pastoral

Nota publicada en La Nación del 15 de Mayo de 2008 

 

Hoy se celebra la fiesta de San Isidro Labrador, el patrono de los agricultores del mundo. Antes de hacer unas reflexiones sobre la realidad actual quisiera hacer un breve relato sobre su vida: nació en 1082 y sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar a su hijo a la escuela. Pero en casa le enseñaron a amar a Dios y una gran caridad hacia el prójimo.

Huérfano y solo en el mundo, cuando llegó a la edad de diez años Isidro se empleó como peón de campo, ayudando en la agricultura a don Juan de Vargas, el dueño de una finca, cerca de Madrid.

Su caridad ilimitada hace que sus contemporáneos lo admiren y lo veneren como a un santo. Se casó con María de la Cabeza, con quien llegó a ser un solo corazón y una sola alma; matrimonio que bendice el Señor, concediéndoles un hijo, Illán. El es causa de uno de los más portentosos milagros de San Isidro, resucitándole tras precipitarse a las profundas aguas de un pozo.

Lo que ganaba como jornalero Isidro lo distribuía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (él, su esposa y su hijito). Y hasta para las avecillas tenía sus apartados. En pleno invierno, cuando el suelo se cubría de nieve, Isidro esparcía granos de trigo por el camino para que las avecillas tuvieran con qué alimentarse.

En 1130, Isidro murió santamente. Su cuerpo fue desenterrado 43 años después y estaba incorrupto. Fue canonizado en 1622 junto a Santa Teresa y a San Ignacio de Loyola. Sus numerosos milagros -más de cuatrocientos- se contemplan en su proceso de canonización.

Sin lugar a dudas, el hombre de campo de nuestras tierras ha heredado muchas de las virtudes de Isidro. Es trabajador, hombre de familia, anda con la verdad, siempre da una mano, es piadoso y es generoso hasta la exageración.

 

Por solo contar una experiencia propia, en el monte chaqueño, un chacarero muy pobre (tenía unas 20 hectáreas de soja y un rancho de chapa sin luz eléctrica) me pidió que fuera a bendecir su casa. Después de una caminata de dos horas por huellas entre el monte, pude llegar al lugar. El tenía una alegría inmensa, tanto que había matado al único chancho del que disponía para cocerlo en el horno de barro y compartirlo con nosotros en el almuerzo.

La crisis de 2001 me encontró misionando en la localidad de Pasteur, en la provincia de Buenos Aires.

El 20 de diciembre salí de aquel tranquilo pueblo para volver a la Capital. Al llegar me encontré con la locura de la ciudad, los cacerolazos, los cortes de calles, la violencia de la Plaza de Mayo.

Vine porque ese día tenía que estar en un encuentro que hacía el cardenal primado Jorge Bergoglio para saludar a los periodistas por la Navidad; cuando volví al día siguiente al pueblo de Pasteur la gente me decía "ustedes están locos". En los años siguientes pude ver la milagrosa recuperación de aquel pueblo bonaerense.

Cuando el campo anda bien empuja la economía regional, cambian las camionetas, arregla los alambrados, pintan las casas, siembran más. Hoy, siete años después, desde los despachos de la ciudad hemos exportado la locura al interior, hemos enervado su paciencia. Hoy estamos todos locos.

Dios quiera, y así se lo pido a San Isidro, que en la Argentina se recupere la cordura, que por fin empiece el cambio prometido, que éste pueda ser un país en serio y que sepan cómo hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El autor es presbítero y director de la Pastoral Universitaria del Arzobispado de Buenos Aires

 

 
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